Brexit, la historia interminable ‘british’

Brexit, la historia interminable ‘british’, si usted siente perplejidad al leer las últimas noticias sobre la política británica y francamente ya no entiende en qué va la salida de la Unión Europea, sepa, por favor, que el sentimiento es compartido.

Para comprender la lógica de los últimos acontecimientos, los británicos mejor informados tienen problemas. La frustración ante el casi nulo progreso del debate es tal, que hemos visto una Jefa de Gobierno humillada en sucesivas e históricas derrotas, pero todavía encabezando lo que solamente puede describirse como un Gobierno zombi; a sus propios ministros, amenazando públicamente con renunciar en masa; a miembros de la Cámara de los Comunes, haciendo intervenciones públicas sin disimular su ira o sus lágrimas, dejando la compostura de lado; a periodistas que, cansados de vaguedades, encaran a sus entrevistados políticos preguntándoles si acaso no les avergüenza que el país sea material de burla global y no tener un plan para salir del atolladero; y al fiscal general del país, soltando improperios en redes sociales para aludir al mal uso político dado a sus informes. The Times titula ‘Llevados a la desesperación’. The Economist muestra en su portada una sola palabra: ‘**UK’.

Si usted siente perplejidad al leer las últimas noticias sobre la política británica y francamente ya no entiende en qué va la salida de la Unión Europea, sepa, por favor, que el sentimiento es compartido.

Para comprender la lógica de los últimos acontecimientos, los británicos mejor informados tienen problemas. La frustración ante el casi nulo progreso del debate es tal, que hemos visto una Jefa de Gobierno humillada en sucesivas e históricas derrotas, pero todavía encabezando lo que solamente puede describirse como un Gobierno zombi; a sus propios ministros, amenazando públicamente con renunciar en masa; a miembros de la Cámara de los Comunes, haciendo intervenciones públicas sin disimular su ira o sus lágrimas, dejando la compostura de lado; a periodistas que, cansados de vaguedades, encaran a sus entrevistados políticos preguntándoles si acaso no les avergüenza que el país sea material de burla global y no tener un plan para salir del atolladero; y al fiscal general del país, soltando improperios en redes sociales para aludir al mal uso político dado a sus informes. The Times titula ‘Llevados a la desesperación’. The Economist muestra en su portada una sola palabra: ‘**UK’.

En todas las mediciones económicas, incluyendo cifras del propio Gobierno, el Brexit como política pública tendrá efectos económicos negativos —catastróficos, en ciertos escenarios— para el Reino Unido. La certeza de tales efectos hace que la ejecución de esta decisión popular divida los partidos: los dos bloques de siempre ya no operan, y el Gobierno conservador, por lo demás, no tiene mayoría en el Parlamento. La polarización ha destruido al centro político, antes ocupado por los liberales demócratas y donde hoy un nuevo pequeño grupo independiente pretende construir una alternativa. Adicionalmente, aún si existiera un acuerdo de salida aprobado por el Parlamento, el país no se encuentra preparado en términos administrativos, legales y logísticos para la salida en la fecha fijada, por ley y los instrumentos internacionales, a fin de este mes. El empresariado local lo ha dicho desde hace mucho, y en tono grave, como quien advierte peligro de incendio: que la salida el 29 de marzo debía evitarse a toda costa. Ahora que finalmente así lo ha acordado el Parlamento, los británicos deben esperar que sus todavía socios europeos den un sí unánime a la extensión. ¿Pero es realista pensar que tres meses solucionarán la profunda crisis política gatillada por el Brexit? Probablemente no.

El verdadero problema del Brexit es, justamente, la falta de contacto con la realidad. Lo que cuenta es la emoción, hábilmente exacerbada por el populismo. Por la sensación de que el causante de las injusticias del sistema es un agente externo: los vecinos, organizados en ese grupo del que hay que desligarse. Prima la nostalgia de una identidad dada por un imperio perdido, del que se conserva la pompa, el soft power que aún construyen sus universidades y la difusa Commonwealth.

Mover el cerco desde la fantasía hacia la racionalidad, hacia la realidad más humilde de un país de gran historia pero tamaño pequeño, cuya seguridad alimentaria —entre otros aspectos— actualmente depende de esa unión de vecinos de la que tanto se desconfía es un trabajo difícil, si no imposible. Porque no se puede cuadrar el círculo: gozar las ventajas que brinda la pertenencia al grupo, y no querer pagar los costos de membresía; buscar amistad, al mismo tiempo que se insulta a los socios ocasionalmente; y saber que la nueva relación que se negocia afectará una situación delicadísima, zanjada en acuerdos concluidos hace dos décadas, en el borde que nos separará del club, pero no preocuparse de tratar públicamente el tema hasta el último minuto, ya cercanos al precipicio económico.

Si el Brexit fuera una telenovela, sería de aquellas tan poco creíbles, que llegan a ser divertidas. Pero esos culebrones también desgastan. Tres años de estancamiento dramático, giros descabellados, pasos en falso, y ninguna pausa entremedio, alivio para los personajes ni señal de conclusión, es demasiado para actores y audiencias. Después de bastante daño autoinflingido, la señora Bretaña debe resolver su conflicto interior para alcanzar un acuerdo con los vecinos y, así, cada parte puede seguir con su spin-off.

Ojalá luego veamos la escena donde firman la Paz.

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